Cisne negro: un baile frenético entre el bien y el mal

Una de las películas más psicológicas del año 2011 fue, junto con Inception, el filme Cisne negro, de Darren Aronofsky. Éste es uno de los directores más curtidos en la temática denominada “cine ilógico”, onírico o ambiguo, al estilo de David Lynch o Michel Gondry. Sus películas están cargadas de efectos ópticos, dobles realidades y una profunda inmersión en la psique de sus personajes, la mayoría complejos y con algún tipo de trastorno u obsesión. En el caso de Cisne Negro, la gran actuación de Nina (Natalie Portman) en “El lago de los cisnes” se convierte en un escenario caótico donde nada es lo que parece, y sus pasos inseguros a la hora de interpretar los dos cisnes simbolizan en realidad su personalidad frágil, incapaz de escoger aún entre la inocencia del cisne blanco y la oscuridad atractiva del cisne negro.

La ambición de Nina por llegar a la perfección ya la hemos visto anteriormente en El luchador, en Pi y en La fuente de la vida; todas ellas hablan de la obsesión, de personas que, por las cosas que aman, llegan a extremos irracionales y con frecuencia a la autodestrucción. Lo que diferencia a Cisne Negro es que la lucha entre el bien y el mal aparece reflejada a través de una actuación de ballet frenética, que nos deja sin aliento.

Los personajes, el instrumento de presión de Nina

 Nina es una bailarina muy perfeccionista, capaz de bailar una obra sin perder el control, sin desviarse lo más mínimo de los patrones establecidos. No obstante, para poder ser la protagonista en “El lago de los cisnes”, papel que le ofrece el director de la compañía (Vincent Cassel), Nina tendrá que olvidar su mayor principio: que la perfección no es sólo técnica y disciplina, sino también pasión y desenfreno. Para conseguir el éxito deberá por tanto liberar el cisne negro que habita dentro de ella.

La evolución de Nina se debe en buena parte a los personajes que la rodean. Darren Aronofsky crea en el filme un complejo universo de individuos con algún tipo de obsesión, sentimiento que intentan traspasar a la bailarina. Por un lado nos encontramos a la madre (Barbara Hershey), una mujer que dejó su carrera de bailarina para criar a su hija y que ahora intenta plasmar sus objetivos fallidos en Nina, a través de un régimen estricto y una extrema vigilancia. Por otro lado, el director de la compañía intimida continuamente a la protagonista, con el objetivo de que esta deje de lado la pureza y libere por fin su fuego oculto. Finalmente, Nina deberá competir con otra bailarina, Lily (Mila Kunis), desenvuelta y pícara, perfecta encarnación del cisne negro. Todos estos personajes simbolizan la presión constante a la que debe enfrentarse la protagonista, lo que desemboca al final de la película en un viaje sin retorno al mundo de la locura y la paranoia.

Cisne negro, cisne blanco

 Sin lugar a dudas, el punto más atractivo de la película es el desdoblamiento de la personalidad de Nina a medida que avanza la película. En su enorme afán por conseguir la perfección y el equilibrio entre el cisne blanco y negro, la protagonista deberá conocerse a sí misma, y por tanto deberá abandonar su personalidad inocente y sumisa para experimentar finalmente una crisis de identidad. Nina comenzará a ver a su doble perversa en el reflejo de cualquier cristal o incluso en la propia Lily, a quien considera una rival dispuesta a arrebatarle su preciado papel.

La protagonista inicia, de esta manera, un camino sin retorno desde la pureza propia de la infancia hasta las pasiones de las personas adultas, la clásica dualidad entre el bien y el mal, el blanco y el negro. El director refleja este contraste entre inocencia y oscuridad con los inicios de Nina en el mundo del sexo, realizando una relación sutil entre la apertura sexual de la protagonista y su inevitable caída al abismo. El último estadio de su recorrido es la transformación final en cisne negro, con un trágico desenlace acorde con la escena final de la obra “El lago de los cisnes”.

Una realidad que no es lo que parece

La dualidad de la personalidad de Nina en el film tiene como consecuencia  el desarrollo del personaje dentro de una realidad confusa y ambigua. Lo que vemos en pantalla no es lo que realmente ocurre en la película, sino lo que ve Nina, sus miedos y alucinaciones. Esto provoca en el espectador un sentimiento de suspense, tensión y confusión, donde nada es lo que parece. Aronofsky consigue crear esta atmósfera gracias a su cámara, que golpea, penetra y se desliza en desconcertantes y estimulantes tomas largas.

Mientras Nina va abriendo sus poros hacia el otro lado, Aronofsky comienza su perversa táctica visual de los reflejos o las dos caras, y busca el ensamblado perfecto entre los personajes y sus papeles, en ese doble juego de paralelismo entre el fuera y el dentro de la escena. Además, al ser un thriller psicológico, el director juega con los recursos del terror tradicional, como los sustos de sonido, las apariciones o visiones repentinas. Eso sí, bebiendo a menudo de una fuente rica en ideas llamada David Lynch, a quien Aronofsky hace ciertos guiños en la película a través de efectos colaterales y “enanos” virtuales.

El resultado de todos estos ingredientes es una película brillante, compleja, con una Natalie Portan espléndida y un desenlace digno de la obra de ballet más famosa del mundo. Su estilo vibrante, oscuro y terrorífico será capaz de sacar, a más de uno, su lado más oscuro, su propio cisne negro.

1 comentario

Archivado bajo Cine

Una respuesta a “Cisne negro: un baile frenético entre el bien y el mal

  1. Me encanta esta peli. Me parece magnífico el juego ético que crea con los dos cisnes. Es cierto que toma prestadas muchas cosas de Lynch, pero creo que el director tiene una personalidad cinematográfica muy personal y muy espectacular. Mi peli favorita de Aronofsky es sin duda la primera, Pi. Me encanta!

    Buen artículo, saludos!

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