Giorgio de Chirico y la pintura metafísica

Lugares donde no pasa el tiempo, donde los individuos se reducen a meras sombras o fantasmas sin vida. En este paisaje, Giorgio de Chirico nos introduce en un ambiente que parece real, pero que en verdad no lo es: tan sólo es un espacio congelado o el escenario de un sueño. Como el propio Giorgio de Chirico dice, se trata del producto de la pintura metafísica.

Giorgio de Chirico, artista de principios de siglo XX, fue una fuente de inspiración para los pintores surrealistas posteriores. Su pintura metafísica intenta retomar la pintura figurativa propia del Renacentismo, donde está muy presente la representación con perspectiva. A diferencia del cubismo, donde todos los objetos están al mismo nivel, en esta pintura hay profundidad. Sin embargo, esta característica es lo único que une a la pintura metafísica con la pintura renacentista. En este nuevo movimiento artístico, a diferencia del estilo clásico, se buscan los escenarios misteriosos y fantásticos, los seres humanos se van a convertir en estatuas inertes o sombras y se van a representar varios objetos que se extrañan entre sí. Ese punto de onirismo y congelación en el tiempo es lo que más caracteriza a la pintura de Giorgio de Chirico.

Giorgio de Chirico tenía un especial interés en las ciudades antiguas y en su arquitectura. Esto lo refleja en sus cuadros, en los que mezcla arquitectura antigua o clásica con elementos de modernidad. Por esta razón, en muchas de sus obras podemos observar tanto arcadas o palacios propios del clasicismo como fábricas o estaciones de tren, elementos propios del mundo contemporáneo. Otra característica de sus cuadros es la sensación de vacío, silencio e inmovilidad. Como podemos observar en el cuadro de arriba, La estación de Montparnasse, en el escenario sólo aparecen las sombras minúsculas de dos personas; da la sensación de que el cuadro rebosa silencio y vacío, como si estuviéramos realmente dentro de un sueño de un plaza típica de una ciudad italiana. Lo que realmente representaba Chirico era un mundo visionario que se entrelazaba casi inmediatamente con la mente inconsciente, más allá de la realidad física, de ahí el nombre de su movimiento artístico.

Hay muchos cuadros que me gustan de Giorgio de Chirico. Sin embargo, mi favorito sin duda es La conquista del filósofo. En este cuadro vemos todos los elementos propios de la pintura de este artista. Por un lado, la introducción de un elemento extraño, como las dos alcachofas, da al receptor la sensación de estar viendo algo absurdo y poco realista. Por otro lado, vemos las sombras de dos personas que parecen acercarse pero que realmente no están dentro del cuadro, lo que nos produce un sentimiento de vacío, soledad y cierta melancolía. También vemos elementos propios de la modernidad, como las chimeneas de las fábricas o la locomotora del tren. Por último, es preciso fijarse en la languidez de la luz y en el escenario amarillento. La luz es tenue y mitigada, lo que permite crear un ambiente mágico e inquietante, y el foco luminoso inunda toda la escena de un tono amarillo apagado, propio del atardecer.

Ésta es la pintura de Giorgio de Chirico, otro pintor descifrador de sueños. Si en algún momento os apetece evadiros y necesitáis viajar a un espacio congelado en el tiempo, quizás el santuario de este pintor sea una buena opción.

2 comentarios

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2 Respuestas a “Giorgio de Chirico y la pintura metafísica

  1. Pingback: LA CONQUISTA DEL FILÓFOSO (1914) GIORGIO DE CHIRICO [Del modo en que la ''obra de Arte'' fijará en su aparición la verdad del ente] « El Espíritu del Camino

  2. Nyx

    Me ha encantado el post, se nota que realmente sientes la pintura de Giorgio Chirico. A mí siempre me ha resultado fascinante. Me fijé en su pintura con la primera obra que has puesto, “Misterio y melancolía de una calle”, que me pareció desde el primer momento mágica y muy inquietante. Los espacios solitarios, las luces extrañas, esas sombras… me evocan esos sueños desesperados y angustiosos donde el soñante se siente ajeno y perdido.
    Ahora, mientras escribo esto, pienso en una escena de “El viaje de Chihiro” en la que la protagonista, acompañada de Sin Cara, un espíritu, hace un viaje en tren hacia la casa de la bruja Zeniba. El tren atraviesa un paisaje acuático en el que se destacan algunos islotes que son silenciosas y solitarias estaciones; el resto es agua, agua que sepulta las vías por las que circula el tren. En cada parada se apean seres humanos convertidos en sombras y, en las estaciones esperan personas parecidas, incluso niños, cuyas figuras oscuras contrastan con el luminso paisaje y los brillos del agua. Cuando vi esta magnífica escena (acompañada, por cierto, de un corte musical igualmente subyugante, “The sixth station”) tuve la sensación de que me sonaba mucho, aunque no sabía de qué. Hoy, al revisar la pintura de Chirico, he podido identificar aquella curiosa impresión.
    Siempre he creído que lo que realmente hace grande una obra es el sello del autor, la manera personalísima que tiene de transmitirnos su esencia como ser humano y artista. Chirico lo consigue en este período de su obra, sin ninguna duda. Muy buen homenaje a sus pinturas.

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